Enemigas íntimas
¿Es el síndrome de la impostora una herida cultural?
Hace unos años se puso de moda la expresión «el síndrome de la impostora» y, con ella, muchísimas mujeres pudimos identificar como expresión de sus síntomas el miedo a mostrar nuestro trabajo cara al público, la humildad autoimpuesta ante cualquier reconocimiento exterior, la falta de confianza para crecer en nuestras profesiones, la certeza de que si algo nos va bien es porque tuvimos suerte, el miedo constante a que alguien se dé cuenta de que en verdad no sabemos tanto como decimos, la comparación con otras personas, la duda crónica sobre nuestra valía y, sobre todo, la sensación de que estamos engañando a todo el mundo haciéndonos pasar por escritoras, profesoras, psicólogas, fotógrafas, ilustradoras o cualquier otra profesión que implique de nuestra parte cierta creatividad y presencia, cuando nosotras sentimos —y, oh dios mío, están a punto de descubrirlo— que en realidad somos solo unas gusanas.
¿Te suena todo esto?
El síndrome de la impostora es una herida cultural
En la academia nos piden que seamos «más intelectuales»; en las redes sociales, «más originales», en nuestros escritorios, cuando estamos a solas, hemos internalizado cada mensaje y nos seguimos exigiendo a nosotras mismas ser más rápidas, más eficaces, más lúcidas, más interesantes, más, y más y más. Ante esa imagen inalcanzable de perfección, nos hundimos. En cambio, lo único que podemos ver es nuestra torpeza, nuestro no saber hacer. Y cuando se trata de escribir un libro desde cero, esto es aún peor, porque cuestionamos incluso nuestro derecho a contar la historia que llevamos dentro.
Llevamos 10 años acompañando a escritoras que nos dicen una y otra vez que se sienten inseguras en sus prácticas creativas, nosotras mismas seguimos sintiendo que nuestro trabajo nunca es suficiente. La buena noticia es que haber compartido estos pensamientos con tantas otras creadoras nos ha hecho entender que eso que llaman «síndrome de la impostora» y que tan a menudo sentimos como algo personal, es en realidad la consecuencia colectiva de un sistema de valores centrado en el éxito y en la productividad ilimitada.
Este sistema —neoliberalismo, hipercapitalismo, tecnofeudalismo… llámalo como quieras— sabe muy bien que mientras nos sintamos gusanas, seguiremos siendo manejables. En nuestros puestos de trabajo, sentiremos culpa, y trabajaremos más; en los centros comerciales creeremos haber encontrado ese último objeto que por fin solucionará todos nuestros problemas. Nos aislaremos, dejaremos de compartir lo que sentimos, buscaremos respuestas consumistas para nuestros dolores en lugar de problematizar en comunidad lo que es de todas: que en un mundo donde prima «ser las mejores» y llegar a la cima cueste lo que cueste, no hay espacio para todas. Quizá, ni siquiera exista tal cima.
Autosabotaje y perfeccionismo paralizante: nuestros enemigos íntimos
Hablamos a menudo de la procrastinación como uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos como creadoras. ¿Cuántas veces has sentido que limpiar la cocina, ordenar los armarios o salir a hacer un recado es una actividad más interesante que ponerte a escribir?
Lo decimos medio en broma, medio en serio. Cada vez que posponemos la práctica creativa, todo un entramado de heridas culturales se mueve. Las «excusas» que nos ponemos para no escribir ocultan creencias que duelen: a nadie le va a importar mi historia, no soy capaz de escribir algo poético, bien estructurado, lo suficientemente interesante; no tengo ni idea de por dónde comenzar, seguro que no logro sostener la práctica, Fulanita lo hace mejor, esa historia ya se contó, me falta haber leído todos los clásicos universales, no sé teoría literaria, es imposible que con lo caótica que soy logre contar algo con sentido, nunca lograré publicar porque no soy nadie, soy una intensa y tantas otras que tan bien conocemos. Esa voz interior es la voz de la impostora, es cierto. Una figura interior que existe porque una y otra vez la cultura nos ha dicho: «querida, tu historia no importa, no eres capaz, nunca serás lo suficientemente buena».
¿Qué nos queda entonces?
Paralizarnos y procrastinar, dos mecanismos de defensa necesarios para protegernos de esas voces invasivas que niegan que nuestra creatividad sea importante.
El tiempo creativo es un lujo (y queremos reapropiárnoslo)
Remedios Zafra lúcidamente ha sabido poner en palabras cómo nos sentimos las trabajadoras de la cultura. Y aquí entramos todas, no solo las que ganamos dinero escribiendo, acompañando, investigando, curando festivales, editando manuscritos, dando clase. También todas aquellas cuyo potencial creativo está reprimido por el peso del mandato patriarcal que dice «no crearás».
Remedios Zafra habla de las «vidas-trabajo» y queremos reivindicar, junto con ella, la necesidad de sacar la productividad de nuestras vidas creativas reapropiándonos del kairós, ese tiempo en apariencia inútil en términos de rentabilidad económica, pero significativo y valioso para nuestros corazones.
Sabemos que es muy fácil decir: ¿no tienes tiempo? Solo tienes que hacer A y B y C, como si realmente hubiera un instructivo para salir del sistema productivo que nos mantiene ocupadas, aisladas y reprimidas. No caeremos ahí: no es tan fácil. Pero algo que sí sabemos es que nuestro tiempo creativo para escribir, pintar, leer, pasear, cocinar, bailar, crear con amigas, maternar, para todo aquello que exige espontaneidad y produce gozo sí es importante. Por ello queremos decirlo de nuevo: tener tiempo de calidad para practicar la creatividad en cualquiera de sus formas no debería ser un lujo. Debería ser un derecho. Es un derecho. Lo es. Y practicaremos la creatividad para tratar de conquistarlo de nuevo.
¿Y entonces? Un nosotras
Reapropiarnos de nuestro tiempo humano e instalar una práctica creativa propia es una tarea sin fin y nos alegramos por ello, porque eso significa que está viva. No tenemos prisa, pero sí ganas: de resistirnos al embate del cronos —un Saturno que devora a sus hijxs, como en el cuadro de Goya— y de encontrar un ritmo propio en el que quepa nuestro deseo de contar historias y sentirnos satisfechas por ello.
Por eso, el «nosotras», la comunidad, siempre viene a salvarnos. Porque solas no se puede. Solas seguiremos sintiendo que somos insuficientes, que la herida es personal. Ponerla en común es lo que nos libera de ella. Al comprobar su impacto en nuestras biografías, entendemos con mayor profundidad por qué las mujeres hemos sido repelidas de participar en la cultura incluso ahora. Ya lo dijo Joanna Russ: hay muchísimas estrategias para acabar con la escritura de las mujeres. Por suerte, ella y tantas otras escritoras de ayer y de hoy, nos abren el camino.
Si la cultura nos pide que le demos resultados eficientes, nosotras le daremos procesos vivos. Si nos pide verdades, tendremos preguntas. Si nos piensa como máquinas, aprovecharemos para practicar aún más nuestra naturaleza humana imperfecta: fracasar, equivocarnos, asombranos, descubrir. Evocaremos la infancia desde la madurez de hoy, trayendo algo de alegría y juego a los procesos creativos que nos venden como rígidos e incuestionables. Encontraremos una forma de crear en los bordes de la herida y así reconoceremos nuestra mayor impostura: fingir que nuestra creación no importa.
¿Has experimentado alguna vez el síndrome de la impostora? ¿Qué voces te trae? ¿Cómo te relacionas con tu creatividad?
Este post tiene los comentarios abiertos para que conjuremos juntas el fantasma de nuestra herida común.
Ahora en la escuela:
Ya abrimos inscripciones para el Semillero
En ninguno de nuestros espacios te daremos el título de escritora, porque como escuela no nos interesa seguir replicando la lógica del éxito superficial. Lo que sí podemos prometerte es que construirás un proceso creativo vivo paso a paso, participarás en una comunidad de escritoras que se cuestionan su lugar como creadoras y desarrollarás un manuscrito con dirección, profundidad y método.
El Semillero es nuestra formación intensiva de escritura y este año será aún más íntimo que en ediciones anteriores.
Puedes sumarte con descuento y dos bonus más hasta el 2 de diciembre.
Sobre Celia Gallego
Celia Gallego (Valladolid, 1997) es una artista plástica que trabaja desde la intimidad y la fragmentación del yo. Su obra —poblada de rostros superpuestos, identidades que se deshacen y ojos “derretidos”— explora la tensión entre lo que somos, lo que recordamos y lo que la cultura nos pide ser.
Su interés por la construcción de la identidad la llevó a escribir Síndrome de la impostora, un libro donde aborda este sentimiento desde su propia experiencia como mujer y creadora. Su obra y su escritura dialogan con muchas de las preguntas que nos hacemos en los procesos creativos: ¿quién soy cuando creo?, ¿a quién pertenece mi mirada?, ¿qué partes de mí permito mostrar?
Si quieres conocer más sobre su trabajo, puedes hacerlo aquí
Casa Índigo es una escuela virtual de escritoras con más de 1.300 alumnas hispanohablantes alrededor del mundo. Nos especializamos en la literatura intimista, testimonial y autobiográfica con perspectiva de género.
Hemos creado El viaje de la escritora, un programa formativo profundo que acompaña el proceso creativo desde la idea al libro.









Cuán cierto es todo esto que compartís aquí, queridas índigas. Yo personalmente no he experimentado ese síndrome en relación al acto creativo; he logrado, y de esto estoy muy orgullosa, crear un espacio de escritura libre y es gozoso, disfruto muchísimo ahí. La impostora viene después, en la frontera en la que se acaba la escritura y empieza la exposición. Ahí sí empiezan las comparaciones, el no estás a la altura, no te van a querer etc. Entiendo que sacar ahí fuera tu escritura y a una misma como autora requiere de abrazo, después de todo nos exponemos a pecho abierto. Yo no lo he encontrado o tal vez sea que necesito demasiados abrazos. Veo grabados del Círculo Sáfico de Madrid en el que Elena Fortún y tantas otras se arroparon unas a otras y siento tristeza por haber nacido en esta época tan fría que reduce toda nuestra hunanidad a tibios avatares, la caricia de una mano al ‘like’; no termino de adaptarme a esto, me cuesta, me cuesta mucho (ya me dijo mi psicólogo que soy poco adaptativa y mal 😅). En fin, no me hagáis mucho caso. Hoy estoy un poco triste, debe de ser porque acaba de bajarme la regla 😯 Besitos
Soberbio este artículo, lo amé 🙏🏼💕✨. Gracias por traerlo aquí